Cuando pienso o me obsesiono con la mismo cuento crónico, sentada e el baño y el cigarro y el piso blanco de palabras, sé de mi complejidad, como los caleidoscopios con que aún juego. Nunca dejé de adorno o tirado en alguna bodega, mi círculo de cristales girando en el laberinto del ojo.
La complejidad no es virtud. Me dicen que simplifique las cosas, la vida, pero yo me instalo sobre los tejados como paloma citadina, expectante al viento y si es favorable para mi paso a otra cornisa: nunca lo es y debo descender a la mesa más cercana.
Las comisuras que heredé tienen un gesto ascendente y cordial. La gente en la calle cree que les sonrío y no se imaginan la de tragedias que voy desabotonando.
A veces miro el suelo y cuento las líneas que separan los bloques de cemento y luego alzo la mirada y me encuentro con otro Yo frente a mí, perpendicular a mi espíritu. algo le susurro, algo le digo acerca de sus preocupaciones, algo de luz emito para que no zozobre en esta isla.
Hasta mi abrigo es complejo. el negro nunca es parejo y las solapas se dan vuelta. Mi pelo se enreda con los tejidos y parezco vagabunda con destino a sus quehaceres urgentes.
Mis manos son complejas, demasiado grandes para ser de mujer. Ocupan a veces todo el cuerpo de alguien que quisiera sentirme pequeña. Repletas de cigarros uno tras otro, las muevo permanentemente como si quisiera indicar donde estoy, si estoy, si es que soy.
Los ojos se me enredan en los paisajes, los árboles se meten en el iris, el otoño borra la visión de otras estaciones. el verano me encandila y así....los otros ciclos me encuentran ciega tocando acordeones en esquinas lluviosas.
Mi mente es el resumen de mi tiempo: no envejece y las mismas dudas que tenía a los seis años las llevo ahora en relación a la geometría del universo.
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