jueves, 1 de diciembre de 2011

ancestral


tengo una familia muy particular que poco a poco, por razones de muerte y tragedias existenciales se simplificó a uno (1) que me circunda.
hablo de mis abuelos inmigrantes palestinos y su manada. tuvieron 7 hijos [ siempre he sentido que el número 7 es mi número de buena suerte pero solo de porfiada, el mío es el tres,es que la trinidad siempre chocó con mi espíritu escindido en dos]

de los 7 hermanos a uno lo encontraron muerto en el río que recorre Talca,varios días después de su deceso. Según la historia él había sido tan frío con la familia, llegando al punto de no ir al funeral de su madre, mi abuela , y eso es para los árabes es lo que para un italiano, un pecado mortal.

Yo siempre le tuve cariño a mi tío Sameh porque la primera vez que lo vi estaba recostado y feliz sobre la vitrina de su pequeño negocio y vendía dulces, en Chillán ; muchos años después, unos diez, lo encontré recogido y enrabiado con el mundo y el universo entero, menos conmigo que le seguía la corriente. sus negocios habían ido mal y de los 7 hermanos las tres mujeres, víctimas de la tradición del Corán, tuvieron que asilarlo, por orden expresa de los cinco hermanos.

Yo lo iba a hacer reír y él a mi, diciendo que todos, menos yo, eran unos de su madre que los parió, bajo un parrón que desaparecía junto a él en invierno, ya que emigraba luego de que los hermanos estabilizaran su diabetes , para atender la botillería de su entrañable amigo en Talca, por unos meses.
es que estar con esas tres mujeres era leerse cinco novelas de José Donoso en tres horas.

De los 7 hermanos también sobresale uno que me lanzaba bromas y golpecitos en las nalgas, suavemente, y que viajó por encargo y por acuerdo de los hermanos, confiando en su humanidad, a buscar la plata de los terrenos de mi abuelo en Palestina, plata que usó para viajar por todo medio oriente y más allá. pero no fue condenado a la indiferencia ni a la tristeza, porque según todos, era un hombre bueno que incluso podía trabajar como cobrador puerta a puerta en grandes tiendas, para llevarle a las tres marías un trío de colonias jabones y maquillajes que las hacían felices, y llegó del famoso viaje con adornos de concha y perla, incluso una mezquita inmensa y de mal gusto, para mí, y a los pocos meses la muerte lo encontró sin sufrir. fue el primer funeral de mi sangre.

y de los siete hermanos, uno es mi padre, por supuesto, del que ya he escrito demasiado y es el culpable que yo escriba por lo demás.

el otro es un arquitecto desganado, y perdonado colectivamente por su alcoholismo, por cumplir con los deberes de un musulmán a cabalidad.

y finalmente las tres marías, modistas, que con quieres vivieron resultaron muertos: mi querido tío Samhe, suicidado o asesinado , nadie averiguó, sin funeral , sin flores, sin las hermanas desalmadas llorando. [ el islamismo puede ser solo venganza] al que yo amaba, al que le regalé una corbata para navidad con elefantes mirando hacia la ventana para que le trajeran la última suerte.[ recuerdo sus ojos vidriosos cuando abrió el paquete, mirándome como ningún hombre lo ha hecho frente a mis presentes]

y la otra víctima, mi tío Ramón, el de los viajes de Gulliver, apodado asi, Ramón, porque el del registro civil no le dio para transcribir a la libreta de familia su nombre original y que también yo amaba a pesar del fraude, porque desde cualquier punto del mapa me enviaba postales de niños, esas que las mueves y todo cambia de escena. él me hipnotizaba.


quedan cinco, me rodea uno: mi padre.

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