a mis diez años, septiembre de 1978, mis padres dormían la tediosa siesta de barrio ochentero, en esta ciudad.
salí a la calle desierta con olor a carne a ras del pavimento. la cordillera aun tenía crema en la cima y algunos volantines arriba que no eran míos, flotaban lejanos.
Entré a la casa, abierta siempre, arranqué una hoja de mi cuaderno de matemática imposible, tiré las líneas obvias de mi bandera, dibujé una estrella, pinté azul. pero el lápiz rojo, el que abarcaba la mitad del plano, estaba quebrado hasta la raíz.
Busqué un Gillete, sigilosa, desde el velador perfecto de mi padre y me hice cortes en las yemas.
alcanzó para vislumbrar pincelazos que se iban secando acuarela de sangre. el suicidio a la bandera fue un amago.
y lo encumbré corriendo con un hilo, corriendo de una punta del pasaje hasta la otra. sola.
mi sangre
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