Crucé por una calle frente a la costanera que me indicaba tu camino. eran ocho kilómetros. " poco " dije, " yo sé caminar", pensé. hubiese querido desperdigarme hacia allá, me la ganó el cansancio de los remedios matinales y los deseos de arena, a esta hora, sentada frente a la monotonía fantástica del mar.
Anoche fue otro día. apagué la luz después de cerrar el libro de Sábato ( que cuando niña leía en voz alta para recordar las palabras del crimen y misterios)
Pero el silencio de la vigilia me hizo imaginar en la fantasía sin materia, tu cuerpo y el mío en un rabioso y tántrico encuentro.
Yo sentada sobre ti en un sillón, en una esquina del espejo. tu rostro hacia el cielo, las manos en mi torso sujetando el dolor. mi canto y jadeo. un pasaje de amor clandestino.
"Gemido de animal feroz enamorado, este " cantar de cantares " es la eterna canción, la eterna canción que nos enseñó alguien en los primeros tiempos y aún cantamos..." ( Pablo de Rokha, los gemidos)
Me dormí en ese vaivén, en ese trozo de cuerpo entero inventado en la nueva comunión de dos sombras multiplicadas en otras habitaciones contiguas-
Olvidé todo lo anterior a mí. y la realidad onanista, sin tocarme ni mover un músculo, para solo imaginar la balsa que nos llevaría mar adentro en un solo gemido y ascenso.
creo haberme dormido cuando caímos al edén y nos callamos con un cigarro que no nos daría más razón a algo que viene siendo un misterio en la neblina de la que jamás regresé
No hay comentarios:
Publicar un comentario